Multiplicidad de la Unidad


Hace frío hoy en Castelldefels, pero aún así nos levantamos, unos para sus deberes y otros para nuestros placeres. A las 9 a.m. me espera frente al edificio mi amigo Tato, lleva su abrigo, su carro y la resignación de dejar los pedales para otro día, pues la lluvia y el frío no son buen camino para pasear sobre las ruedas desabrigadas de una bicicleta.


Llegamos al estudio de yoga, en el club hípico del pueblo, donde se mezclan los aromas de pinos, tierra y montaña, con los caballos del establo y las tortugas del estanque. Dentro del Shala, la chimenea está encendida y los alumnos empiezan a llegar. La práctica inicia! El calorcito empieza a esparcirse por el espacio y las respiraciones empiezan a unificarse, creando una vibración expansiva, una especie de pulmón multidimensional que pulsa en cuantos corazones le respiran. La práctica avanza, el calor sube, los vidrios sudan, y aunque quizás algunos nos movemos hacia una dirección y otros hacia otra, estamos todos juntos, unidos por un mismo sentir.


En medio de mi práctica de arcos, de pronto me siento sin fuerzas, encuentro algo de energía en algún rincón de mi cuerpo y ya entre tanto esfuerzo para llevar mis pies a la cabeza, dejé de respirar y se acabó el aire de mis pulmones, así, cuando aterricé con mis pies en el suelo, hice un sonido parecido al que se hace cuando uno se atraganta… esto me pasa de cuando en cuando, pero normalmente practico sola, así que cuando me sucede simplemente sigo con mi práctica. Hoy me encontraba rodeada de gente, y estaba tan concentrada que había olvidado donde estaba, así después de este sonido que rompió el silencio, algunos compañeros asustados me hablaron, y en ese momento, también un poco asustada, tomé consciencia de donde me encontraba, fue como regresar de otra dimensión súbitamente… y aún en la posición de Urdhva Dhanurasana (posición de yoga donde las manos y los pies sostienen una arco de la espalda creado por una extensión profunda de las caderas y la columna) empecé a reírme desconsoladamente mientras trataba, sin resultados, de salir de la postura en la que me encontraba.


Usualmente, mi práctica personal la realizo sola, conmigo, como lo he estado haciendo durante los últimos 4 meses, ello me permite progresar tanto de forma perceptible como invisible y profundo. Sin embargo, gran parte de las actividades de mi rutina diaria, también las realizo sola, trabajo mucho conmigo, además planeo muchas cosas con mi única compañía y las disfruto plenamente. Sucede que la mente tiende a hacerse de costumbres con cualquier cosa que le genere placer, o le haga creer que es proveedora del balance. Cuando realmente todo lo que sucede afuera es apenas un estimulante para nuestros sentidos, emociones y sentimientos… pero el balance verdadero nada tiene que ver con los momentos o rutinas a los que nuestra mente se aferra. El balance es un estado, no una acción. Y en el balance podemos reconocer ese mismo estado en todas las cosas y momentos.


He recordado, después de la pequeña comedia que vivi en mi alfombra de yoga en la mañana de hoy, como cada espacio tiene su sabor, su secreto y su placer. Como es delicioso un espacio de soledad y de introspección, o un espacio de trabajo en silencio y enfoque, pero también lo es un espacio lleno de calorcito humano, donde las voces, sonrisas y movimientos externos impulsan la alegría de la vida. Es ese espacio de quietud sin más compañía que mi respiración, el que me hace disfrutar de los espacios compartidos. Y quizás cuando practico en compañía hay limitantes como el tiempo y el espacio colectivos, pero hay tantos regalos maravillosos en cada inhalación, hay tanto intercambio de energía sutil, que no puedo más que agradecer esta sensación de multiplicidad… o debería decir quizás, Unidad!



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