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La paradoja del miedo y el dolor y cómo trascenderlos

Nuestro cuerpo no es solamente el templo de nuestra alma, es mucho más que el vehículo, es el reflejo material/tridimensional, es la voz de nuestra alma. Nuestro cuerpo es la forma por medio de la cual nuestro subconsciente se expresa, nuestro cuerpo es en sí mismo un creador y contenedor de mensajes, un informante de todo aquello que nuestra boca calla y nuestra alma grita. Lo que no es visible, lo que no está en la superficie, lo que ignoramos, lo que callamos, lo que resistimos… todo tarde o temprano termina manifestándose por medio de nuestro cuerpo. Pero también lo visible: lo que pensamos, lo que comemos, a donde ponemos nuestra energía, nuestro cuerpo es un ente de materialización, por medio del cual lo sutil llega al mundo denso.

Es por esto, que cuando practicamos Āsana y nos encontramos con un dolor, una rigidez o un desbalance, más allá de un hábito postural o un trauma muscular, hay un diálogo que nuestro cuerpo está buscando iniciar con nuestra consciencia.

Justo aquí reside el porqué el yoga postural es una herramienta tan poderosa. El Yoga Postural no es solo el movimiento del cuerpo, pero es también la respiración consciente y la posibilidad de ver por medio de los espacios de quietud. Así, cuando estamos en una postura y sentimos dolor o falta de espacio, más allá de cualquier condición músculo esquelética, hay un código expresado por el cuerpo, un código del cuerpo emocional, mental o energético. Con esto no implico que la circunstancia física no exista, sino qué hay otras capas más profundas en juego.


Por ejemplo, hablemos de la categoría de posturas de arco de espalda en las que se combina una extensión de columna y de cadera junto con una flexión de hombro, como Urdhva Dhanurasana, Kapotasana, Raja Kapotasana, Eka Pada rajakapotasana y Natarajasana.


A diferencia de arcos en los cuales los hombros están en extensión como Ustrasana o Dhanurasana, los arcos con hombros en flexión (es decir, con los brazos hacia arriba al lado de la cabeza) implican un rango de movilidad muy amplio en la articulación del hombro y específicamente, elasticidad en las fibras de varios músculos, como el deltoides posterior, redondo menor y mayor, trapecios, dorsal ancho y pectorales, siendo este último el más importante para nuestro análisis.

El pectoral mayor es un músculo que tiene dos funciones principales en el hombro, la de aducirlo (acercar el brazo hacia la línea media del cuerpo) y la de rotarlo internamente. Es decir, la postura corporal en la cual encogemos la zona del corazón. El pectoral menor encoge el pecho realizando una inclinación anterior de la escápula. Si protegemos nuestro corazón constantemente de exponerse, de ser vulnerable, de mostrarse con su verdad, si nos sentimos inseguros, si nos sentimos juzgados, si tenemos miedo a que nos hagan daño, a que nos hieran o sentir dolor emocional, nos protegemos cerrando energéticamente el área del corazón, y lo hacemos de forma inconsciente.


Cómo somos seres integrales, y no sus partes separadas, al cerrar energéticamente el corazón, el cuerpo físico responde, y se contrae la zona del pecho, es decir, los pectorales se contraen y se genera un estado crónico de tensión muscular en la zona. Eventualmente se hace difícil rotar externamente los hombros, abrir el pecho, o aún más, generar una flexión de 180 grados en el hombro con rotación externa y extensión de columna torácica, en esencia, se vuelve más difícil practicar un arco de espalda.


La sola acción de elevar los brazos en línea con la cabeza, extiende un poco las fibras de los pectorales, de hecho el pectoral menor se contrae para elevar las costillas pero debe liberarse en su inserción en la escápula para poder generar un arco efectivo en la zona torácica. El pectoral mayor se contrae durante los primeros 90º de flexión del hombro. Sin embargo, al seguir subiendo los brazos hacia la línea de la cabeza a 180°, la zona del húmero donde este músculo se inserta se aleja de su origen, es decir, deja de contraerse y empieza a estirarse. Si el corazón está cerrado y los pectorales cortos (lo cual por lo general va de la mano), al subir los brazos se redondeará la espalda alta (aumentando la cifosis torácica) y por ende el arco se apoyará completamente en la zona lumbar, generando mucha incomodidad, potencial dolor, y la sensación de no tener espacio, de no ser flexible.


En general, durante la práctica de arcos, se suele experimentar una resistencia que tiene su raíz en el miedo a la posibilidad de sentir dolor físico o de hacerse daño en la columna. Lo paradójico del caso es que cuanto más miedo se siente, más se contraen los pectorales, lo cual impide una extensión en la zona torácica y reduce el ángulo de flexión del hombro. Con esto, al cuerpo no le queda otra opción que utilizar la zona lumbar para extenderse, generando compresión y consecuentemente dolor en dicha zona.


El miedo al dolor, nos genera dolor.


Considera que el miedo no es necesariamente algo visible o del presente, puede ser una situación del pasado que no está en tu acceso inmediato. Por ello la auto-observación es tan esencial en la práctica del yoga.


Claramente existen casos particulares donde además hay condiciones crónicas y especiales que deben considerarse, pero inclusive éstas podrían mejorar si se libera la tensión de los pectorales.


La próxima vez que practiques un arco, prepárate para quedarte allí, observar y liberar. Una vez en la postura, pregúntate qué está tratando de comunicarte tu cuerpo, porque sientes miedo, a dónde lo sientes, como se siente el dolor. Y una vez que observas estas sensaciones piensa en un momento de tu vida en el que te sentiste muy segura(o), protegida(o) y amada(o). Observa las sensaciones de este recuerdo. Ahora, empieza a respirar conscientemente. Con cada inhalación expande la sensación de amor y seguridad y con cada exhalación visualiza el miedo saliendo con un color, hasta que te sientas llena(o) de amor. Identifica si notas alguna diferencia en tu cuerpo, quizás menos dolor, o más espacio.


Ahora, la parte más importante, salir de un arco con valentía y humildad, con el pecho abierto para que la zona lumbar no sufra, con confianza en la fuerza de las piernas para recordarte sostenida(o) y con el poder de la inhalación para reconocer tu naturaleza expansiva(o).

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